El entrenador Mikel Arteta desde hace un año esta al mando del Arsenal.

En 2020, un año infausto para el mundo, el Arsenal pasó del entusiasmo a la erosión. De ganar la FA Cup y la Community Shield a verse en la cornisa, tan solo seis puntos por encima del descenso durante algunas semanas.
Y Arteta, antes protagonista de las sonrisas que regresaron al Emirates, se vio incluso cuestionado, desamparado en un club que desmontó el pasado verano toda la estructura deportiva para restituir el antiguo modelo: el de Wenger.
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Un guiño al pasado que no comulga para nada con las ideas que se pusieron en marcha cuando el alsaciano cerró en 2018 su etapa en Londres. Con su adiós, el entonces CEO del Arsenal, Ivan Gazidis, convenció a la familia Kroenke, propietaria del club, de la necesidad de adaptarse a los nuevos tiempos.
De dejar atrás la figura caduca del manager, representada en Inglaterra por gente como Wenger o Sir Alex Ferguson, y dividir el trabajo por roles: ahora un entrenador tiene que encargarse de entrenar, que no es poco.
Originalmente ese plan no nació de Ivan Gazidis sino de una propuesta que le hizo Raül Sanllehí en un encuentro informal que tuvieron ambos en la ECA. Pocas semanas después de esa conversación, el ex del Barça se incorporó al Arsenal y en junio de 2018 empezó la metamorfosis del equipo de la capital, que iba a sostenerse por cuatro patas: la del entrenador, la del director de la academia, la del director de operaciones y la del director deportivo. La responsabilidad que antes era de uno iba a ser compartida por todos.


